A Juan Noel

En el lecho de enfermo yace la sombra de un hombre
que una vez conocí rebosante de salud y lleno de alegrías.
Infalible, sin miedo, grande como un león,
él fue sin duda de la vida un invicto campeón.

Brillaba tenue la luz en sus ojos
que abiertos a veces parecían absortos
en un infructuoso intento de conectar con los míos,
de vincular la situación difícil por la que pasaba,
era algo incomprensible y doloroso ver el esfuerzo
que hacía por tratar de ser coherente.

En un momento de lucidez me dijo, toma mi mano flaco,
porque todavía aprieta como tenazas hechas de acero.
Yo sonreí y tomé aquella mano que el doliente me extendía,
le di un apretón de amigo como en señal de despedida.

Fue un instante tal vez en la que su mano
trémula tocó mi corazón.
No existen palabras que describan fielmente
como me sentí en aquel momento.

Yo lo ví  a los ojos de nuevo y la expresión era de tristeza
que acentuaba su rostro demacrado
por las largas noches de insomnio,
por los insoportables dolores angustiosos
que a veces ni la recomendada dosis de morfina
podía liberarlo de tan cruel martirio.

Una sonrisa leve iluminó su rostro
que me hizo recordar al Juan Noel de siempre,
aquel hombre que hasta hace poco
tenía su cuerpo lleno de salud,
que aun conserva su alma noble
y su ser consciente que a veces desaparece.

Fueron efímeros los minutos pero llenos de vivencias
donde pudimos recordar detalles y referencias
al viaje que lo llevó por última vez a su Nicaragua querida
donde pudo respirar del terruño abandonado
el aire puro que a veces corre de las montañas
y que su ausencia nos hace recordar
que tan sofocante es el calor tropical.

Por instantes recordó el manto verde
que cubre la tierra.
Humedad plena de vida,
a su mente cautiva le llegó el olor del pochote,
imaginó el horizonte de los lagos adornados de volcanes
que parecen fumarolas despidiendo intenso el humo,
formando gigantescos espirales
que se desaparecen en los cielos.

Como pasó el tiempo decía con añoranza,
recordando el terremoto del 72, la guerra civil del 79,
y los años 80 en el exilio permanente.

En un momento de reflexión su rostro
que esbozaba aquella sonrisa leve se convirtió
en una expresión de satisfacción como la de alguien
que había vivido una vida fructífera y sin arrepentimientos.

El apetito se me ha ido pues no me interesa comer.
Me hacen tomar pastillas de todo tipo,
me pinchan a cada rato para que pase dormido
mientras me llega la hora, se quejaba Juan Noel.

De pronto su rostro se iluminaba cuando alguien
le hacía recordar algún pasaje de su juventud,
alguna broma que de chavalo tal vez hizo,
para luego sumirse en el letargo que lo doblegaba
en el lecho donde inevitablemente tiene
que permanecer ausente la mayor parte del tiempo.

Fueron minutos los que compartimos
llenos de lucidez.
Fueron largas las horas que como fieles centinelas
los allí presente pasamos al pie de su cama,
en vigilia permanente.

De vez en cuando sus quejidos
se escapaban de su boca mustia,
le dolían sus entrañas
o tal vez era una pesadilla que lo agobiaba.

Fue muy difícil ver la sombra
de aquel hombre
que una vez conocí
rebosante de salud y lleno de alegrías.

Un león se enfrenta estoico a la muerte,
en juego está un invicto campeón
que irremediablemente
entregará su último suspiro a un cáncer
que se lo llevará para siempre.

(c) 2014 Bécker Fernández
Derechos Reservados

 

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