El Niño Triste

 

Cuando vierte de las verdes montañas del norte, el agua cristalina, libre y sin control, corre formando riachuelos que se deslizan en interminables serpentinas rumbo abajo, abriendo brechas, mojando valles. Las aguas inquietas se unen en potente torrentes que buscan inevitablemente al impetuoso mar. En sus riveras, celosos los árboles erguidos, colosos que se elevan a los cielos protegen a las impulsivas corrientes a lo largo de su alocado recorrido.  El gemido de sus ramas que suave se mueven al compás del viento desatan un susurro interminable como canción de cuna.  Con la magia de un maestro que moviendo suavemente su batuta, aquel diestro sincroniza los sonidos de la gran sinfónica madre naturaleza. Entonces se escucha el milagro celestial en toda su expresión, las aguas cristalinas, el viento, y los árboles que en contubernio con los zanates clarineros parecen producir notas melodiosas de amor, como de esas salidas de una orquesta que artificiosamente conjugan los versos inspirados de un poeta enamorado. Las aguas cristalinas, se convierten en un himno al caer desordenadas en torrentes de cascadas al pie del Salto de Santa María.

El niño de los ojos tristes con sus inocentes compañeritos de escuela atraídos por el susurro de las aguas, corren ingenuos en pos de un chapuzón al pie de la cascada donde la buena Santa Madre refleja su mirada.  Los ángeles guardianes se congregan y alertas vigilan aquella procesión. Entonces las notas deliciosas de la orquesta forestal adquiere un sonido ensordecedor por la algarabía de los niños que desnudos disfrutan de las aguas refrescantes del rió encantador. El tiempo parecía interminable, los chicos jugaban inocentes buceando en busca de tesoros escondidos, dándose a la infructuosa tarea de atrapar a los pececitos de arco iris que elusivos huían de sus manos y rápido desaparecían en sus cuevas submarinas.

Aquello era un paraíso terrenal donde los niños disfrutaban a plenitud. El niño de los ojos tristes, ya no estaba tan triste, con los ojos abiertos desmesuradamente, y lleno de felicidad observaba como el torrente de agua que caía inevitablemente del salto se estrellaba contra las alisadas rocas al pie de la cascada en estrepitosa bulla esparciendo las aguas en todas direcciones hasta llenar la posa que servía de entorno natural, hogar de los pececitos de arco iris, amigos fieles del niño de los ojos tristes.  Al pie de la cascada, aquel crío curioso se apresta a saltar a la posa, cierra sus ojos fuertemente y en señal de vuelo, alza sus bracitos al cielo y se lanza al fondo del agua.  Son fracciones de segundos los que pasa en el vacío, el sueña por un instante que vuela por los aires como lo hace Superman y siente un vértigo fabuloso cuando estruendoso se sumerge en el agua creando olas espumeantes con remolinos efervescentes.  Aquellos instantes le parecen eternos, en el agua sueña con ser un pececito de arco iris que arisco se desliza en aquellas cuevas submarinas. Rápido emerge en busca de oxígeno, y con sus pequeñas manos frotándose los ojos, remueve las gotas de agua que en sus pestañas quedaban como lágrimas colgadas.  El niño de los ojos tristes, esbozaba una sonrisa de oreja a oreja, se lanzaba al agua sin preocupación alguna, eso era golosina sin control, total felicidad.

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Como preciado tesoro, al pie del Salto de Santa María, los guerreros y centinelas divinos, los ángeles guardianes cuidaban con recelo, a los inocentes críos. De pronto, entre la maleza como estallido fatídico aparece gritando el hermano mayor del niño de los ojos tristes.  El niño al ver la figura grotesca  se embarga de terror, y se sumerge en el agua pues sabe lo que significa la furia en los ojos de aquel ser endemoniado que venía por él.  Los ángeles guardianes alarmados, revuelan perplejos y a los niños asustados con sus alas celestiales protegen. Pero el niño de los ojos tristes, guiado por su instinto de sobrevivencia busca en las cuevas submarinas un refugio mientras pasa el vendaval. Tal vez alli con sus amigos los pececillos de arco iris, bajo su protección y asilo no  lo podrán flagelar. Los segundos parecen eternos, reza que su ángel de la guarda no le abandone. Pide que tal vez su padre a quien jamás conoció aparezca como Superman y lo defienda.  En aquellos momentos de terror quisiera ser un hombre grande y fuerte para poder salir del agua y defenderse. Deseaba con toda su alma que el agua cristalina del rió lo protegiera de todo mal y los pececitos de arco iris, se convirtieran en tiburones feroces y ahuyentaran al impío.  Bajo el agua reza para que su madre aparezca y lo defiende del hermano convertido en bestia.

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La algarabía infantil calla y cae un manto mustio como presagio de dolor. El niño de los ojos tristes emerge del agua y rápido se frota con sus pequeñas manos los cerrados ojos para quitar de sus pestañas las gotas de agua. Su cabecita al cielo elevaba  en busca tal vez de su ángel protector, y pronto se da cuenta que unas manazas lo arrastra de los cabellos sacándolo del agua sin ninguna consideración.  Los compañeritos no pueden hacer nada, corren con sus ropitas y apresurados se esconden porque no quieren ser testigo de semejante ignominia.  El niño de los ojos tristes, la inocente criatura en un momento de ternura quiere compartir con su hermano que en la posa y al pie de la Santa María ha encontrado cuevas preciosas habitadas por familias de peces que parecen arco iris y se protegen como hermanos, unos con  los otros cuando alguien los acosa.  De nada le valió aquella excusa, nunca antes jamás habia dolido el flagelo de una faja de cuero en la tierna piel mojada de un pobre mozuelo. El niño desnudo doblado falto de amor que estoico padecía el más inmenso dolor.  Su rostro empapado por el agua cristalina se confundía con las lágrimas que rodaban y se unían al riachuelo.  Sus dientes mordían de dolor pero de su boca no salía quejido alguno, solo se oían gemidos reprimidos y un clamor desesperante.

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Los pececillos de  la posa huyen despavoridos desapareciendo en sus cuevas submarinas. Las ramas de los árboles agitadas por ráfagas de viento protestan en vano intento por evitar lo inverosímil. El torrente de la Santa Maria esta vez parecía una gigantesca lágrima de la virgen doliente.  Los zanates clarineros remontan el vuelo hacia otros cielos. Advertidos todos por el hermano convertido en verdugo que nada de lo que pasó al pie de la Santa María seria jamás discutido.  De la feliz algarabía de los niños sólo quedaba un triste silencio, uno a uno los amiguitos en total desconsuelo se fueron impresionados, como cuando alguien se despide de un sepelio.  Desde entonces sopla un viento frío en las copas de los árboles que protegen el riachuelo. Al pie del Salto de Santa María, la canción de cuna compuesta en verso bajo la luz de la  luna, de aquel poeta enamorado, sólo reza una estrofa de protesta.  En sus riveras, todavía se ven celosos, los árboles erguidos, colosos que se eleven a los cielos  protegiendo las impetuosas corrientes a lo largo del alocado riachuelo.  El niño de los ojos tristes, sólo quedaba angustiado tratando de vestirse con su ropita estrujada.  Sin prisa, y con el rostro demacrado regresa a casa, temblando y musitando la oración que su madre le había enseñando,  “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día…”

(c) 2014 Becker A. Fernandez
Derechos Reservados

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2 comentarios en “El Niño Triste

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